Me encontraba cerca de mi hogar, allá en Lauterbach. Yo estaba en Les Tourelles, visitando a mi amiga [Diana], que anteriormente se encontraba estudiando Psicología, y creo que sólo fui a visitarla para saludarla. Algunos segundos después salió ya esta muchacha, y nos pusimos a platicar afuera de su casa. Me comentó que estaban a unos días de cambiarse de hogar, lo cual me llamó la atención. Nosotros seguíamos platicando.
Después de haber platicado, decidimos despedirnos y yo me marché hacia Harlzbornn, porque algo dentro de mí me decía que debía de ir en busca de un lugar. Caminé por Les Tourelles, y luego ya me encaminaba hacia mi destino.
Ya me encontraba en la ciudad de Harlzbornn, buscando alguna fonda donde hospedar mi impaciente hambre, además de buscar un lugar tranquilo y acogedor. Algo muy padre de esta Harlzbornn es que las calles del centro eran demasiado, demasiado anchas; no como
an der Realität, donde los automóviles apenas pasan, y las banquetas son muy angostas que sólo tienen el ancho para una persona. Aquí en mi sueño no fué así.
Parecía que caminaba por la calle de Morelos, y las callejuelas del sueño eran
tan solo explanadas tan anchas, que podían ser muy bien ocupadas por esos edificios altos con oficinas o domicilios ocultos de la Harlzbornn que conozco.
Todo se encontraba perfectamente limpio, sin ruidos ni gente haciendo desorden; todo marchaba muy bien. Yo ya había estado viendo algunos locales para establecerme, junto con mi hambre. Finalmente pasé por un restaurán que tenía unas mesas a las afueras del local, a sus costados, y una mujer que trabajaba ahí me ofrecío el menú para que fuera viendo qué se me antojaba pedir. La verdad no recuerdo qué platillos se hallaban dentro del menú, pero el lugar se veía muy pulcro y lleno de calidad servicial.
Empecé a recorrer las mesas del exterior, y ahora se me acercaba un mesero para tomarme la orden, cuando inesperadamente arriba un grupo de muchachos y empiezan a discutir con este hombre que hacía, me parecía a mí, bien su trabajo. Le reclamaban y le amenazaban, y este ambiente sinceramente para nada me gustó a mí, por lo que le dije al mesero "Sabe, no me interesa comer aquí. Me retiro", y me fuí caminando por aquellas explanadas de, podría decirse, la zona rosa de Harlzbornn.
Me hallaba ahora de nuevo pisando tierra de Laterbach, de nuevo pagándole una visita a mi amiga [Diana], que había visto hace unos minutos atrás ahí mismo en su casa. Toqué el timbre que se encontraba a la puerta de su casa, y para mi gran sorpresa, un hombre alto, gordo y grande de edad, me abre la puerta, y le pregunté por mi amiga, lo cual fué de no mucha ayuda, ya que la familia de [Diana] y ella misma ya se habían mudado de Les Tourelles. Entonces me retiré de ahí, y me fuí, para no molestar más a este hombre de no muy grata apariencia.
Ahora estaba en otra parte de Harlzbornn, la zona de los suburbios, por donde mi amigo Java Valko vive. De hecho, me encontraba en lo que
an der Realität se llama Plaza La Silla, un sitio comercial donde hacemos nuestras vanidosas compras y nos paseamos frente a los aparadores y nos divertimos con nuestros amigos y familiares, ya sea tan solo disfrutando de algun helado de sabor o viendo una película.
Me salí por una de las salidas más oscuras y clandestinas que pudieran existir, la cual me llevó a un conjunto de edificios contiguos al edificio de la plaza comercial, y todos estos nuevos lugares se hallaban totalmente abandonados y sucios, desordenados, pero al mismo tiempo impregnaban en uno mismo un aire de aventura de explorar todos los cuartos, llenos de objetos antiguos y una que otra reliquia.
Yo seguía caminando entre los escombros inquilinos de estos aposentos, hasta hallar la salida. Más tarde yo llamaría a mis padres y a la niña Adgrét para que fuéramos al cine. Terminando nuestra sesión cinematográfica, les comenté que yo sabía una ruta muy rápida para salir de los pasillos comerciales, la cual nos llevaría a las afueras del supermercado de origen tejano HEB. Los cuatro caminamos entre los ya mencionados escombros y reliquias abandonadas, entre el polvo y las telarañas.
Finalmente, salimos del laberinto de cuartos y edificios vacíos, hasta dar a una calle trasera del centro comercial de Plaza La Silla. El único detalle es que el nuevo escenario era casi igual de clandestino que los aposentos anteriores, ya que se encontraban trabajadores del supermercado tejano caminando de aquí a allá, algunos tomando las órdenes, mientras otros vigilaban los movimientos de estos primeros. Y nosotros no fuimos la excepción a los ojos de algún supervisor.
Mi padre y la niña von Lauterbach iban caminando a varios pasos más adelante que la señora Laurdes Maar y yo. De hecho, mi madre era quien iba atrás de todos, y fué meramente ella a quien le llamó la atención uno de los hombres trabajadores, y le dijo que fuera con él. Yo noté rápidamente esto, y fuí en busca del maestro von Klairebeaux para avisarle del suceso, a lo cual reaccionó bruscamente, apresurándose hacia el aposento personal de este capataz de la área de trabajo, dejándonos a mí y a mi hermana solos.
Extrañamente, mi hermana que estaba supuestamente en unos pasillos del supermercado, el cual tenía algunas partes fuera de una tienda (o sea, al aire libre, a la intemperie), no se encontraba allí, por lo que me preocupé. No volví a saber de mis padres ni de mi hermanita Adgrét.
No sé cuánto tiempo pasó, tal vez un día, o varios, pero amanecí en mi hogar, en Lauterbach, sin mis padres ni mi hermana; sólo mi abuelita
Eban Alaz von Ellex y yo nos hallábamos en la casa. Ella fué quien me había comentado que ellos no se encontraba en la casa. Después de esto salí tan sólo de la puerta que da al frente de mi casa y me sorprendí al ver a un conjunto de personas congregadas ahí a las afueras de mi propio hogar. "¿Pero quiénes son estas personas y qué rayos quiéren de nosotros?"
Ya al haberme acercado más y más a ellos, descubrí que se trataba todo esto de un grupo de inspectores que venían a estudiar mi casa, nuestras pertenencias, ¡y a mí! ¡¡¡¿Por qué?!!! Me dijeron que me estarían investigando muy de cerca, ya que mis padres y mi hermana habían sido encerrados por un lapso indefinido debido a los actos pasados en la zona laboral tan clandestina.
Esto sí que me molestó, pero cuando me dí cuenta de que habían algunas mujeres que colaborarían investigándome, pues accedí no de mala manera. Sinceramente, creo que dos de ellas sí estaban bonitas, algo guapas; elegantes también. Siempre iban acompañadas del investigador mayor, un hombre afroamericano, alto, ya de edad avanzada, canoso, con bigote, y con un aspecto muy parecido al de Denzel Washington. ¿Acaso todo esto era una película?
A donde yo iba, ellos me acompañaban. Se la pasaban en mi casa estudiando todos los objetos que se encontraban. A veces sí que no los podía aguantar. Si yo salía de mi casa, ellos salían conmigo. "¿Pues cómo?", tal y como diría una excompañera de
La Institución, Il Zièdew Abanarins.
Una noche me encontraba en la zona del "delito", donde mis padres y mi hermana habían sido detenidos. Yo me dirigía hacia el cine de la plaza comercial Plaza La Silla, y el investigador mayor y dos de sus más talentosas (y guapas) agentes me seguían, y los sorprendí, y también ellos me sorprendieron.
Lo más raro es que yo estaba apunto de acceder a la sala del cine por la puerta de la salida, donde la gente sale al finalizar la cinta cinematográfica comúnmente, y de hecho esta ruta de salida se hallaba meramente en la famosísima calle oscura y abandonada, clandestina y misteriosa. Los tres investigadores me detuvieron, queriéndome interrogar todavía sobre mi vida, y queriendo entrar junto conmigo a la función de cine.
Tras esta breve conversación, una señora ya grande pasó frente a nosotros y alcanzó a escuchar parte de lo nuestro. Puso esta señora una cara de disgusto, se me quedó mirando, y se dirigió directamente a esta puerta por la que deberían de salir y no entrar. Fué muy curioso que los tres Sherlok Holmes no le dijeran algo ni la detuvieran. Eso sí que fué algo injusto.
Ahora, después de haber sabido que una mujer nos escuchó, y que estos señores aprovecharían la situación para entrevistarme mientras yo me encontrara viendo (muy apenas) una película, fueron suficientes observaciones para decidirme a salir de ahí, ofreciéndoles a estos señores que lo que sí les aceptaría sería una cena en un restaurán de a lado, lo que vendría siendo
an der Realität, el VIPS.
Y así fué como los tres investigadores decidieron llevarme a cenar, y así yo aprovecharía para platicar un poco más con estas dos investigadoras guapas y algo seductoras.
¡Qué canijo salí!